El miedo siempre ha sido el gran instrumento efectivo de control de las sociedades y se hace especialmente presente en contextos de crisis como los que estamos viviendo. En el ciclo organizado hace unos meses por la sala Beckett y la UOC – Terrores de la ciudad – se ponía de manifiesto que los miedos de hoy tienen raíces muy profundas que se proyectan en la incertidumbre de los futuros que la crisis civilizadora actual ha puesto en cuestión.

El cine o las series de televisión son un claro termómetro de ello pero también lo son el teatro o la literatura. Sólo hay que hacer un repaso a las carteleras actuales, mayoritariamente de carácter apocalíptico.

En el informe anual de 2018, la relatora especial sobre los derechos Culturales de la ONU, Karima Bennoune, señala que no todas las prácticas artísticas y culturales aspiran a configurar unas sociedades más inclusivas y pacificas que favorezcan el ejercicio de los derechos humanos. El compromiso con este objetivo es una posibilidad, pero no una obligación, vaya siempre por delante las libertades de creación y expresión, limitadas únicamente por el respeto a los otros derechos fundamentales.

Sin embargo, es cierto que cuando las artes y la cultura se comprometen con estos retos, consiguen niveles considerables de impacto positivo en relación a la aceptación de la diversidad cultural, la superación del temor y de los prejuicios, el fortalecimiento de la resiliencia y el restablecimiento de la confianza o el fomento de la reconciliación.

Esto nos lleva a la reiterada cuestión de las relaciones entre cultura, educación y comunicación. ¿Hasta qué punto el consumo acrítico de estos relatos literarios, teatrales o audiovisuales contribuye o no a superar nuestros miedos? ¿Cómo aprender a mirar y a leer lenguajes y códigos estéticos respecto a los que somos, a menudo, analfabetos funcionales?

Las respuestas a cuestiones complejas no pueden ser sencillas pero hay un ingrediente nuevo que está alterando este debate y es que ya no podemos entender la participación en la vida cultural sólo a partir del acceso sino también a partir de la aportación de todas y todos a la reflexión y expresión artística o estética de nuestras opiniones y perspectivas sobre, en este caso, los miedos.

Interarts trabaja desde esta perspectiva de derechos culturales. El proyecto DECIDES Europa está diseñando una estrategia colaborativa para abordar el tema de la violencia de género con los jóvenes que pueda ser exportada y adaptada en otros países, realidades y escenarios. El teatro, la música, la danza y la literatura son lenguajes que vehiculan la lectura pero, sobre todo, la escritura de sus pensamientos y emociones que ayudan a canalizar de manera creativa las contradicciones y certezas que la sociedad líquida plantea en relación al hecho de estimar y relacionarse con el otro.

Cómo decía Eduard Miralles, hay que pensar en grande las políticas culturales y centrarnos en la lectura más que en las bibliotecas. Afrontar de cara problemáticas sociales como la violencia de género es obviamente una opción libre de los creadores pero también es un derecho fundamental de la ciudadanía.

Gemma Carbó, Presidenta del Patronato de la Fundación Interarts.