Los días 12 y 13 de marzo en Madrid, unas jornadas organizadas por la red española para el desarrollo sostenible (REDS) se enfocaron, por primera vez en la historia de esta red, en el rol de la cultura para  alcanzar los objetivos de desarrollo sostenible de 2030. Las próximas jornadas de Museos y Educación, coorganizadas por el Museo Marítimo y el Museo de la Vida Rural de la Fundación Carulla, abordarán el mismo tema.

Como bien sabemos aquellos que nos dedicamos a este sector, a pesar de los esfuerzos invertidos por entidades como INTERARTS, la UNESCO, IFACCA o CGLU impulsando, durante el proceso de redacción de la agenda, el manifiesto “El futuro que queremos incluye la cultura”, lo cierto es que el documento final de los Objetivos de Desarrollo Sostenible para el 20130 no la considera una cuestión central.

No obstante, a medida que los museos y equipamientos culturales, las entidades o las industrias creativas y culturales van profundizando en el reto de la sostenibilidad, se hace más evidente cual deberá ser su contribución estratégica a  un reto cada vez más urgente y global.

La relación entre cultura y sostenibilidad se puede entender desde diferentes perspectivas y miradas. Por un lado (quizás el más evidente e inmediato), los proyectos y actores culturales, especialmente los equipamientos, han de analizar en qué medida son ellos mismos sostenibles en términos medioambientales, económicos, sociales y, obviamente, culturales.

Algunas propuestas provenientes de Inglaterra, como la de Julie’s Bicycle, fueron presentadas en las jornadas como instrumentos para medir la huella de carbono de nuestros focos y propuestas. Os aconsejamos intentar el ejercicio porque conduce a un debate interno recomendable. Algunos de los museos catalanes que asistimos a las jornadas ya estamos avanzando en esta línea, a través de procesos de acreditación y reconocimiento de calidad que se fundamentan en las directivas europeas.

Hay una segunda perspectiva, empero, para entender la relación entre cultura y sostenibilidad que proponen muchos creadores desde sus propios lenguajes. Desde hace tiempo, las artes visuales proponen miradas estéticas y éticas sobre la problemática medioambiental y social. Destacan, sobre todo, la fotografía y la creación más contemporánea performativa pero esta conciencia general tiene cada vez más, en las formas expresivas contemporáneas, un altavoz importantísimo.

Una tercera arista la encontramos en las prácticas culturales que se proponen, a sí mismas, como ejercicios de ecología cultural; es decir, aquellas que tienen como objetivo la vitalidad cultural y la equidad social, además de la responsabilidad ambiental y viabilidad económica. Las artes escénicas comunitarias, por ejemplo, se fundamentan en la exigencia de una apropiación e implicación cultural que es la clave de la sostenibilidad social. Las industrias creativas y culturales, entendidas como una oportunidad de crecimiento económico y social en espacios y regiones a menudo marginales, han demostrado ser, en muchos casos, una apuesta resiliente y recomendable como lo han demostrado los proyectos resultantes del programa FOMECC de INTERARTS.

Para finalizar, el otro rol fundamental lo ejercerán los museos de carácter arqueológico, histórico, científico o etnológico que saben que la preservación de la memoria y el conocimiento está en el ADN de la idea de la sostenibilidad, pero que todavía tienen que encontrar una manera de poner estos activos al servicio de la ciudadanía para que puedan contribuir a la definición de un nuevo paradigma cultural – natural que garantice la supervivencia de nuestra especie, en toda su complejidad.

La adaptación a las nuevas condiciones de nuestro medio natural reclamará nuevas formas culturales que ya estamos empezando a imaginar pero que necesariamente se basarán en la memoria y la creatividad.

Gemma Carbó, presidenta del Patronato de la Fundación Interarts